Cuerpos

En muchas ocasiones he escuchado a personas que dicen que ser feminista es sinónimo de irse contra la corriente en todo, es odiar a los hombres, es ser fuerte y ruda, pelear con todo el mundo, huir del compromiso de pareja, ser lesbiana o bisexual o esa ignorante idea de que nosotras las mujeres que nos consideramos feministas queremos y estamos a favor de hacer lo que se nos ronque la gana con nuestros cuerpos y nada más.

 

Un tema de interés personal que me ha provocado duda últimamente es la corporeidad de la mujer, ya que no sólo me he dado cuenta que existen ideas falsas sobre los cuidados y las decisiones que se  deben hacer en cuanto a él, sino que por experiencia propia he llegado a llenar mi cabeza de mucha confusión por este tema tan complejo. Más bien creo que muchas mujeres vivimos dándole vueltas a nuestro físico, que también tiene relación con nuestra base espiritual, moral e ideológica.

 

Hasta no hace mucho yo pensaba que tener relaciones sexo/genitales con diversas parejas era algo extremadamente negativo. Creía que las personas que llevan un estilo de vida como ese, es porque están perdidas totalmente en lo más oscuro del universo, ¡Y no estoy exagerando! Cada vez que alguien me contaba alguna aventura o recordaba alguna mía sentía que estaba siendo observada, ¿Por quién? ¡Ni idea! Pero me daba miedo hablar del tema y siempre me percataba de que lo que estaba hablando era con una persona de mucha confianza que  sintiera que había cometido un grave error igual que yo.

 

Por otro lado, recuerdo muy bien que cuando una amiga o conocida me contaba que no se atrevió a desnudarse frente a algún chavo que le gustaba, o que perdió la oportunidad de explorar placer físico por inseguridad, me ponía a pensar que esta persona se estaba perdiendo de algo realmente mágico, divertido, delicioso y no sé con qué otras palabras describirlo, pero me caía mal que mujeres jóvenes como yo  sintieran tanto rechazo hacia el sexo, y no digamos a otras formas de placer como la masturbación que es otro punto importante que en otro momento abordaré.

 

Partiendo de los párrafos anteriores quiero enfocarme en las decisiones que tomamos las mujeres sobre nuestros cuerpos, dándole énfasis a las relaciones sexo genitales, o viéndolo desde una perspectiva más amplia, relaciones corporales. ¿A qué me refiero con “relaciones corporales”? A toda aquella interacción con el sexo opuesto o del mismo sexo que involucre caricias, besos, contacto visual, percepción de olores, etc.

 

La sociedad nos grita que nuestros cuerpos son instrumento ajeno, y que las decisiones que tomamos en torno a él deben ser aprobadas por los demás. Esta idea lo que provoca es reprimirnos no sólo físicamente sino también emocionalmente y eso repercute de manera negativa en nuestra autoimagen e identidad.

 

Un par de años atrás, cuando aún era una colegiala, nos llevaron a mis compañeras de clase y a mí a una charla religiosa impartida por un padre católico. El tema era de sexualidad y el enfoque era hacia mujeres. El padre se mostraba bastante confiado de sus palabras y sonreía todo el tiempo. Pero en lo personal me hizo sentir muy incómoda y me puso en una situación conflictiva conmigo misma. El padre mencionaba que el amor verdadero solamente podía encontrarse en Dios y que por lo tanto, debía ser fructífero. Esto se refiere a que si una mujer decide compartir su vida con alguien debe tener en mente que con esa persona lo ideal es procrear hijos, siempre después de contraer matrimonio.

 

Otro punto que tocó fue el del uso de anticonceptivos. El padre dijo que esos métodos no eran agradables ante los ojos de Dios y que la única solución para evitar enfermedades de transmisión sexual o embarazos no deseados era no tener relaciones sexo/genitales, evitarlas hasta el casamiento ¡Y no sólo eso! Hasta en el matrimonio hay que “restringirse” por la misma razón que mencioné anteriormente de que el sexo es sólo para tener hijos y nada más.

 

Es curioso, hoy en día siguen existiendo instituciones educativas que dentro de su currículum mezclan contenidos científicos y religiosos, provocando confusión en las y los estudiantes, y más aún en las niñas y adolescentes que no sólo se encuentran en una situación vulnerable por el hecho de ser mujeres, sino también por ser jóvenes desinformadas o mal informadas en el tema de sexualidad.

 

Nos enseñan en clase de biología todos los métodos de barrera que existen y al día siguiente nos meten ideas de que debemos reprimir nuestros instintos naturales porque es pecado o son prácticas anti morales. Sentir placer está catalogado como algo que deberíamos de esconder y eso no tiene por qué ser así. Cada quién debería de responsabilizarse de su cuerpo y decidir sobre él basándose en la manera en que ve la vida y tomando en cuenta los cuidados necesarios que requiere.

 

“Darse a respetar” no tendría por qué ser una frase que repiten muchas personas refiriéndose a silenciar los más profundos deseos o emociones individuales o colectivos; sino estar conscientes de nuestros cuerpos, lo que nos gusta, lo que no nos gusta, con quien queremos experimentar ese placer o si queremos hacerlo a solas. Somos una fuente de sensaciones que tiene derecho a  recorrer su vida sexual al máximo, no sólo con el vago propósito de traer más gente al mundo, sino también de generar sintonía con el cuerpo, mente y espíritu.

 

Entiendo perfectamente que en este mundo, donde los cuerpos de las mujeres son generalmente vistos como objeto sexual y de dominio, es difícil lograr vivir y experimentar una sexualidad plena donde tocarse no sea visto como algo “sucio” o tener más de una pareja sexual es sinónimo de ser “promiscua” y/o “falta de amor propio”.  No es cuestión de establecer qué es bueno o malo para nosotras, sino estar a favor de la libertad y comprender que lo más sano es que cada una decida lo que es mejor para su vida, dejando ser a otras personas también sin discriminar o juzgar sus preferencias.

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